Si miras mis fotos de hace unos años, verás a una mujer llena de energía, proyectos e ilusión. Si miras las de ahora, cuesta reconocerme. No es el paso del tiempo. Es el dolor.
Me llamo Irene, tengo 39 años y trabajo desde los 16. Siempre fui una persona luchadora. Nunca me importó hacer más horas, asumir responsabilidades o sacrificar mi tiempo libre. Gracias a mi esfuerzo fui creciendo profesionalmente hasta conseguir el puesto que tanto me había costado alcanzar.
Todo cambió a finales de 2021, cuando comenzaron unos fuertes dolores de espalda. Lo que parecía una lesión más acabó convirtiéndose en años de tratamientos, infiltraciones y dos operaciones de columna que no lograron solucionar el problema. Al contrario, mi situación fue empeorando hasta que me diagnosticaron síndrome de espalda fallida, una enfermedad que provoca dolor crónico severo y limitaciones permanentes.
Hoy vivo con dolor las 24 horas del día. No puedo agacharme, coger peso, permanecer mucho tiempo sentada o de pie y he perdido la capacidad de trabajar. A pesar de ello, me han denegado la incapacidad permanente absoluta y me he visto obligada a iniciar un proceso judicial para defender mis derechos.
El problema es que el juicio no se celebrará hasta octubre de 2027. Hasta entonces no podré acceder a las ayudas que necesito y tampoco puedo generar ingresos por mis limitaciones físicas. Mientras espero una resolución, sobrevivo gracias al apoyo de mis padres.
Lo más difícil no es el dolor. Lo más difícil es haber trabajado toda una vida para ser independiente y encontrarme ahora dependiendo de los demás para poder salir adelante.












