La Adoración Real, Perpetua y Universal (ARPU) del Santísimo Sacramento nace del llamado personal vivido por su fundadora, Doña Juana Carou Rodríguez (1874-1933). Desde 1906 ella recibió visiones místicas del Corazón Eucarístico de Jesús en las que el Señor le pedía instaurar un culto perpetuo a la Eucaristía. Juana Carou se ofreció como alma víctima por la salvación de España y murió el 5 de enero de 1933 con la mirada fija en el Sagrario, pronunciando sus últimas palabras: «Ya voy, Jesús mío, Esposo mío, ya voy». Dócil a estas experiencias providenciales inició la organización de la ARPU, creando un instituto religioso femenino y asociaciones laicales dedicadas a mantener la adoración continua de Cristo Sacramentado en cada capilla.
El fin fundamental de la ARPU responde a la pregunta radical sobre la presencia real de Jesús en la Eucaristía: «¿Jesús está presente en la Eucaristía o no está?... Yo veo muchos sagrarios más solitarios que cementerios...».
Ella sintetizó la necesidad de la Obra en llenar esos altares de adoradores: «llenarlos de lámparas vivas continuamente, de día y de noche hasta el fin de los tiempos». Esta iniciativa está en plena consonancia con la doctrina eclesial: el Papa Pío XI, en su encíclica Charitatis Christi Compulsi, exhortaba a “correr... a adorar a Jesús bajo el velo del Sacramento” y concedía indulgencias a los que visitan frecuentemente el Santísimo.
Así la ARPU se presenta como un remedio espiritual que repara la ingratitud hacia Cristo Sacramentado y prepara a la humanidad para el Reinado eucarístico del Señor.
La entrega personal de Juana Carou fue verdaderamente heroica y mística. Se relata que ayunó diez años a pan y agua para ser digna de tan alta misión. Sus visiones reflejan la ternura de Cristo: Él le decía que su brazo omnipotente no estaba atado y prometía crear “esos millones de almas que me adorarán en espíritu y en verdad”. La fundadora vivía extasiada por el amor del Señor, describiéndose a sí misma «loca de amor» por Jesús, y repetía emocionada cuánto amor preferente tiene Él a sus sacerdotes: «¡Si supieran los sacerdotes cuánto les quiere Jesús, con qué amor preferente los quiere!».
La Adoración Real, Perpetua y Universal (ARPU) del Santísimo Sacramento nace del llamado personal vivido por su fundadora, Doña Juana Carou Rodríguez (1874-1933). Desde 1906 ella recibió visiones místicas del Corazón Eucarístico de Jesús en las que el Señor le pedía instaurar un culto perpetuo a la Eucaristía. Juana Carou se ofreció como alma víctima por la salvación de España y murió el 5 de enero de 1933 con la mirada fija en el Sagrario, pronunciando sus últimas palabras: «Ya voy, Jesús mío, Esposo mío, ya voy». Dócil a estas experiencias providenciales inició la organización de la ARPU, creando un instituto religioso femenino y asociaciones laicales dedicadas a mantener la adoración continua de Cristo Sacramentado en cada capilla.
El fin fundamental de la ARPU responde a la pregunta radical sobre la presencia real de Jesús en la Eucaristía: «¿Jesús está presente en la Eucaristía o no está?... Yo veo muchos sagrarios más solitarios que cementerios...».
Ella sintetizó la necesidad de la Obra en llenar esos altares de adoradores: «llenarlos de lámparas vivas continuamente, de día y de noche hasta el fin de los tiempos». Esta iniciativa está en plena consonancia con la doctrina eclesial: el Papa Pío XI, en su encíclica Charitatis Christi Compulsi, exhortaba a “correr... a adorar a Jesús bajo el velo del Sacramento” y concedía indulgencias a los que visitan frecuentemente el Santísimo.
Así la ARPU se presenta como un remedio espiritual que repara la ingratitud hacia Cristo Sacramentado y prepara a la humanidad para el Reinado eucarístico del Señor.
La entrega personal de Juana Carou fue verdaderamente heroica y mística. Se relata que ayunó diez años a pan y agua para ser digna de tan alta misión. Sus visiones reflejan la ternura de Cristo: Él le decía que su brazo omnipotente no estaba atado y prometía crear “esos millones de almas que me adorarán en espíritu y en verdad”. La fundadora vivía extasiada por el amor del Señor, describiéndose a sí misma «loca de amor» por Jesús, y repetía emocionada cuánto amor preferente tiene Él a sus sacerdotes: «¡Si supieran los sacerdotes cuánto les quiere Jesús, con qué amor preferente los quiere!».